EL CAMINO DE VUELTA A MI.

 

No sabes lo feliz que fui cuando vi tu mensaje en mi teléfono, en serio, fue como ¡Oh Dios! Esta es mi oportunidad. Sí, no voy a mentirte, lo pensé mucho, pero ya estoy aquí y eso me hace el doble de feliz. Bueno ¿Por dónde empezamos? Vale, comencemos por el principio.

Un año, 365 días, 8670 horas, y pare de contar puesto que creo ya me entendiste. Durante un año toda nuestra historia fue increíblemente perfecta, era la materialización de todos mis sueños con respecto al amor, y la forma en la que yo imaginaba se sentía ser feliz. Teníamos una relación sólida, con altibajos como todas las relaciones sanas y estables, y durante todo ese tiempo yo no pensaba en nada más que en él. Sin embargo, tarde o temprano los sueños terminan cariño y mirarte en el espejo de la realidad es de las pocas acciones que los seres humanos quieren enfrentar. Nunca estamos lo suficiente preparados para lidiar con el dolor, con la decepción, con la idea de tener que desprendernos de lo que nos hace feliz. Nadie quiere hacerlo, pero no siempre lo que nos hace feliz, nos hace bien.

Orlando era su nombre, o es su nombre, puesto que para la púnica persona que murió fue para mí. Dentro de mi cabeza sólo hay una persona que es totalmente distinta a la que es ahora. Él nunca fue lo que realmente me mostró, y probablemente no soy la única que ha pasado por esto, pero que duro es tener que ver el verdadero rostro de la persona a la que esperabas ver cada día a la mañana. Y no, por si te lo preguntas, nunca estuve preparada para saber que nuestro amor ya no era nuestro, si no que él lo había compartido con alguien más.

Toda su vida juntos da vuelta al enterarte que esa persona había estado con alguien más de la misma manera en la que juro no volvería a estar con nadie más. El ardor en tus huesos, la torcedura de tus viseras, y la forma en la que tu cabeza se mueve tan veloz te quitan la capacidad de pensar en que alguien que una vez te dijo que te amaba, te hiciera daño de aquella forma. Fue como sentir un puñal caliente atravesándote todo el esternón. El dolor te nubla, te ciega, te obliga a caminar por la vida como si sólo fueras un costal de carne y arterias tratando de no morir en cualquier esquina.

Llámame estúpida, o como quieras, pero cuando el amor es verdadero todavía piensas que hay solución en todo esto. Claramente no la había, él había embarazado a otra.

Poco a poco me di cuenta lo egoísta que era, la horrible persona que era, y lo poco que su existencia realmente valía. Lastimosamente, te das cuenta muy tarde, cuando ya no quedan más que trozos por levantar y una vida que rehacer buscando de una forma o de otra llenar el vacío que esa persona dejó. A veces cuando estoy en silencio, que todo el mundo se apaga a mí alrededor, cuando no soy más que yo existiendo en esta abrumadora realidad me doy cuenta que él siempre tuvo razón.

“El destino no estaba a nuestro favor” y tenía razón, puesto que no sabe el gran favor que me hizo.

Ahora me río de algunas cosas, me preguntó a mí misma como hice para soportarlo todo, pero no es fácil mirar a lo lejos a una persona que se marchó sin nunca preguntarse cuanto daño me haría al hacerlo. La forma en la que te dejan a la intemperie, y a ciegas debes buscar de nuevo tu camino para encontrarte de nuevo contigo.

Ahora sé quiénes son las personas que me rodean, he aprendido a escogerlas mejor, y no me siento mal por decidir quién entra o no a mi vida. Lo importante es que ahora se quién soy yo, que quiero, y aprendido a amar ese camino que siempre me lleva de vuelta a mí.

 

Annabeth, 22 años, 2019.

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