NO HAY MAL TIEMPO PARA UNA DECEPCIÓN.
Cuando
leas esto, te darás cuenta que no somos tan diferentes, que algo de aquí te
resultará tan familiar que tendrás miedo de pensar que no es mi historia si no
la tuya propia, pero no te preocupes, esta vez fue a mí a la que le tocó
entender que el precio de amar es el dolor, y que por más que intentemos
entender cómo se debe ver un verdadero amor, la verdad es que su imagen siempre
será diferente para los ojos de quienes lo miren.
Comencemos
desde el principio, aunque ahí me hubiese gustado quedarme, en el inicio antes
de que mi vida se topara con la de él. Nuestras miradas se cruzaron en mi
último año de universidad, en lo menos que pensaba en ese momento era en el
amor, y suena irónico puesto que ya yo me encontraba dentro de una relación.
Bastó sólo el paso del tiempo, y mi falta de ubicación temporo-espacial para
que nuestras vidas se conectaran en un plano que sólo él y yo conocíamos.
Nuestro primer encuentro fue explosivo, él no tolero mi irresponsabilidad y yo
no tolere su mirada recriminatoria por lo sucedido, sin embargo, lo que él y yo
no sabíamos era que ya estábamos más que flechados por el destino.
Tú nunca
sabes quién será la persona que te enseñe lo que es querer, lo que te enseñe
que dentro del cariño hay más que amor y dedicación, que hay miedos, disgustos,
ansiedad y hasta depresión. Sin embargo, estamos acostumbrados a callar esas
limitaciones para darle rienda suelta a los deseos de nuestro corazón, eso fue
lo que yo hice cuando deje que mi profesor se adueñara de todo lo que yo quería
proteger, y que también estaba siendo ocupado por alguien más. Si, se lo que
estás pensando, no hay nada ético en esa relación que ambos estábamos creando,
pero no hay ética cuando de enamorarse se trata.
Poco a
poco el universo, el destino, y las circunstancias se iban encargando de
desmostarme que Víctor no era para mí. Nuestra química era increíble, yo era
capaz de tocar el cielo sujeta sólo a su mano, pero tal parecía que no
estábamos destinados a querernos. Yo tenía una vida aparte de la que compartía
con Víctor. Ezequiel, mi novio, de ese entonces comenzaba a darse cuenta que
mis ganas de compartir mi vida con él menguaban a medida que apreciaba más la
vida en mi cabeza con Víctor. Todo estaba explotando en mi cara muy lentamente,
y era sólo cuestión de tiempo para encontrarme fijamente con la verdad de mis
sentimientos.
A lo
largo de nuestra existencia nos hemos cerrado a esa idea de que sólo tenemos un
amor en nuestras vidas, que sólo una persona nos hará sentir especial y únicos
en el mundo, pero que equivocados estamos cuando pensamos que sólo estamos
destinados para un ser de una sola persona en este inmenso universo. Yo creí
que mi vida estaba al lado de Ezequiel, pero Leonel me mostró cualidades de mí
que no había sido capaz de ver antes.
Para el
verano, todo entre mi ex novio y yo había terminado, después de una intensa
oleada de emociones, en su mayoría negativas, lo único que deseaba era
encontrarme plenamente en sintonía con mi vida. No pasó mucho tiempo, para
volver a retar al destino, y una vez más traté de convencerme de que
probablemente Víctor era esa etapa de mi vida que debía de una forma o de otra
conocer. Una vez graduada, la relación ética paso a un segundo plano, y las
emociones comenzaron a brotar de nuestra piel. No pasó mucho tiempo para que me
diera cuenta lo profundamente que estaba enamorada de él.
Sin
embargo, ese no es el punto de esta historia o ¿Si?
Como ya
has de imaginarte, no salió bien para mí, después de todos salir con una
persona que su madurez opaca lo que eres, es un arma de doble filo. En
invierno, su última carta relato las razones por las cuales nuestras vidas ya
no se tocarían. Su corazón y su existencia le pertenecían a otra persona, y
aunque fue duro, no me tocó de otra que aceptar mi destino.
No te
creas, ahora te cuento esto con la mayor de las tranquilidades, pero fue un
largo y duro camino a la aceptación y amor propio. Mi corazón fue capaz de
sanar, y perdonar las heridas que este primer y descontrolado amor dejó, pero
ahora me doy cuenta después de mucho tiempo…
Que nunca
hay un mal día para una decepción.
Amelia, 22 años, ni para que recordarlo.
Comentarios
Publicar un comentario