LIBRES DE ESCOGERNOS AUNQUE EL MUNDO ESTE LLENO.
Hablar de
esta historia no me pone de buen humor ¿Lo sabes? Hay cosas que por más que el
tiempo pasa nunca terminan de sanar. Yo sigo intentando sanar, no me va mal,
pero me encantaría que me fuera mejor. Pero bueno, no venimos a hablar de mi yo
actual, venimos a hablar del idiota que dejo que esto sucediera. Y si, no me da
miedo llamarme idiota porque eso es en lo que uno se convierte cuando esta
frente a frente con el amor. Todos somos tan cultos, tan racionales cuando de
amor se trata, pero a la mínima mirada frente a este nos volvemos
increíblemente primitivos.
Su nombre
era Vanessa, su nombre no lo olvidaré por más que quisiera hacerlo, aún
recuerdo la primera vez que lo dijo. Fue como un susurro melodioso de la vida,
ese que te otorga cuando cree que has tenido suficiente de todas sus trabas y
pruebas, ese momento en donde sientes que la existencia no puede ser más
perfecta. Yo tenía unos escasos 17 años, no pensaba más que en cosas triviales,
y como pasar el rato con mis amigos. Recuerdo perfecto esa parada de autobús,
ella no era mi mismo colegio, pero que maravillosa fue la vida cuando decidió
juntarnos a los dos a esa hora y en ese lugar exacto. Mi mamá siempre me dijo
que nunca hablase con extraño, pero cuando ella me concedió aquella primera
mirada sentí que la conocía de toda la vida.
Nuestra conexión
no fue inmediata, pero, no se necesitó mucho tiempo para darme cuenta que
quería a esta persona por mucho tiempo en mi vida. Ella me encontró, y yo fui
feliz de haberme encontrado con ella. Todo fue perfecto, hermoso en un lenguaje
que no sé cómo explicar. Ella siempre iba un paso delante de mí, como si ya
supiera como se sentía todo, como si viniera del futuro y me prometería que a dónde
íbamos podríamos estar juntos. En efecto, estuvimos juntos, los meses más
alucinantes de mi vida. ¡Pff! Fue increíble, así como de esas historias que
cuando salen de tu boca son difíciles de creer, pero si estoy aquí no es porque
todo haya terminado bien ¿O sí? Tú me lo dirás al final.
El
corazón roto es experto en borrarte del espacio-tiempo, es un maestro en
hacerte olvidar de lo que te rodea, con tal te concentres sólo en el dolor que
una partida te produce. Ella se fue, y yo no la detuve, en ese momento no era
capaz de ser tan egoísta aunque mi corazón me pedía a gritos que corriera tras
ella. No lo hice, quería que ambos fuéramos libres… que ambos fuéramos libres
de escogernos una y otra vez aunque el mundo estuviese lleno. Yo la escogí a
ella, y ella a mí, pero lo hizo hasta que algo mejor estuvo por venir.
La
depresión que vino después de su partida no fue amigable, acogedora es una
mejor palabra, pero era me estaba llevando a la línea mortal con cada día que
transcurría. En poco tiempo me vi en el reflejo de una vieja ventana empañada,
con rastros de óxido, y moho alrededor. Vi mi reflejo deplorable en la ventana
de un hospital psiquiátrico ¿A que no lo veías venir? Pues si amigos, el amor y
la locura siempre serán unos, pero si me lo preguntas ahora estoy mejor de lo
que había estado en meses… y eso es suficiente ganancia para mí.
Ojalá no
fuese cierto ese refrán que dice “Todos y
todas vuelven” Ojalá las personas entendieran el daño y el sufrimiento que
le causan a otras, y tuvieran un poco de responsabilidad con sus sentimientos.
Ella volvió meses después, y un mensaje en Instagram fue lo único que recibí.
Mi corazón se volcó, mi cabeza exploto, y mis sentimientos me estamparon la
cara. Justo después de aquella llamada, pensé en las cajas diarias de
cigarrillos, pensé en las noches de silencio en el hospital, y los días en
donde el mundo me pasaba por encima recostado en una vieja cama reclinable.
No podía
hacernos esto, no podía hacerme esto.
No me
arrepiento de mi decisión, pues, decirle Adiós me dio la oportunidad de
entender que en un mundo donde una vez la escogí a ella, ahora yo era libre de
escogerme a mí.
Arturo, 20 y siempre, en el que florecen las
amapolas.
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